338* El carisma del elefante borracho



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De vez en cuando Max Weber buscaba la verdad no tanto en los hechos como en el lenguaje, y solía hacerlo a partir de palabras que le inspirasen. Buen ejemplo de ello sería su teoría “el carisma del elefante borracho”.

Weber nunca examinó a ningún elefante de cerca. Un día se topó en un periódico londinense con un artículo que documentaba la fermentación de ciertas hierbas en las tripas de los grandes paquidermos. “Qué maravillosa visión” si el efecto del alcohol hiciera que los elefantes echaran a correr sin orden ni concierto destruyendo todo obstáculo a su paso. Weber consideró que aquella idea estaba íntimamente relacionada con el modo en que una mujer que vive servilmente bajo el abuso de un hombre, al margen de la seguridad que tenga en sí misma, experimenta una progresiva rabia contenida. Este proceso puede gestarse durante mucho tiempo (como la fermentación en el estómago de un elefante), e incluso no manifestarse hasta la generación posterior, transmitiéndose la rabia referida al hijo (por lo general, al segundo o al último). Ese orgullo o coraje “aborigen” es un tipo de delirio en absoluto relacionado con la personalidad propiamente dicha, y su factura última se presenta en hombres horribles. Es fácil percibirlo en la rabia fermentada que albergan millones de personas en sus intestinos mentales cuando llega ese momento en que ya no pueden seguir tolerando la opresión. La borrachera –el carisma– de su modelo de referencia, de pronto, se contagia y se apodera de las masas que, en seguida, pasan a ver un líder en un hombre en esencia reducido, un hombre que a la luz de millones de ojos se vuelve radiante.

En casos de tan elevada intoxicación, prosigue Weber, puede llegar a haber una gran diferencia entre apariencias y realidad. Recientemente, un discípulo tardío de Weber en Berkeley retomó el concepto sociológico del “carisma del elefante borracho” y se lo aplicó a un Donald Trump que apareció en televisión actuando como un borracho por detrás de Hillary Clinton. Como ejemplo de un hombre carismático, Weber se sirvió del Generallandschaftdirector Alfred Hugenberg durante la guerra en Prusia Oriental, alguien que, tiempo después, acabaría a escasos 4 metros de Hitler el día que este fue nombrado Canciller Imperial, pero que pareció haber perdido toda autoridad e influencia. Sin exaltación, sin carisma, como si nunca hubiera matado una mosca. Así fue como acabó ostentando un puesto en la sala de gabinete de la Cancillería del Reich, un sillón exclusivo con la insignia del estado, aunque casi nunca se llegaría a sentar en él. Un gobierno carismático es de lo más impredecible (igual que una manada de elefantes pululando con licor en la panza) porque no se puede practicar desde un despacho.

Traducción: Hugo López-Castrillo.

Este relato breve apareció por primera vez en Frieze.com el 22 de noviembre de 2016. Agradecemos a Alexander Kluge y a dctp su entusiasmo y generosidad para la traducción de este texto.