337* Kluge o el antídoto – Mercé Ibarz



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Por su formación jurídica, el cineasta alemán ha logrado ampliar los límites institucionales que enrarecen la esfera pública y los formatos televisivos.

Estupendas razones para deambular por la Virreina, sonriendo y alcanzando cierta alegría del pensamiento. Puede ser en la exposición del dibujante y cabaretero francoargentino Copi (Buenos Aires 1939-París 1987), una presencia y una obra que parecían perdidas en el hueco del ayer. Pensar felizmente también, en un contraste bien logrado, en la muestra sobre el cineasta alemán Alexander Kluge (1932), tipo imaginativo y crítico que desde hace treinta años sólo trabaja para la tele, la privada casi siempre. Un maestro de la televisión.
Jardines de cooperación. Un título aportado por él mismo, que se ha volcado (sin cobrar) en la preparación de esta expo, fiel a su idea de contribuir a sembrar y cuidar “jardines de cooperación en medio de la jungla informativa”. Días propicios para conocerle mejor, para considerar una trayectoria y un criterio audiovisual tan centrados en la historia y el presente, cuando el presidente electo de la primera potencia mundial ha llegado a la cima de su país a partir de un reality show conducido durante dieciséis años por él mismo, con un tono verbal e ideológico que ahora identificamos mejor. Kluge o el antídoto.

Su mundo es un bosque de imágenes y palabras que se trenzan, a partir a menudo de la prensa popular ilustrada. Kluge ha realizado 55 films, entre largometrajes y cortos, y la friolera de 3.000 programas de televisión. Ha desechado ser un autor de culto, esa etiqueta que confina al limbo y le reduce a uno a un nombre en una obra ni vista ni leída. Nada, nada, Kluge no está para eso. Un colega de su misma generación en su país, productor de cine y de televisión de cineastas que empezaban, en su caso en la televisión pública, Eckart Stein, le describe como “uno de nuestros mejores piratas”. Por su formación jurídica Kluge ha logrado forzar los límites de tantas martingalas institucionales que desde hace años enrarecen el aire de la esfera pública, este agobiado mundo nuestro de imágenes. Para demostrar que la tele es servicio público incluso si es privada, y que su potencial expresivo es uno de los tesoros de la cueva.

Bueno, es difícil creerlo vista la tele de por aquí. Kluge presenta en Barcelona formatos televisivos sorprendentes, recién inventados, algunos para la expo. En un minuto ves en imágenes, que incluyen el texto, un poema de Ingeborg Bachmann sobre la Callas, o desfilar un centauro de Leonardo da Vinci transformado en sueño para la pequeña pantalla. Escuchas a una joven que habla con gusto y criterio del deseo que mueve la literatura como mueve la vida. Otro tipo, asimismo ameno y cordial, te acerca los principios del filósofo Spinoza, el gran panteísta, para el cual, nos dice el tipo entusiasta, si el pensamiento no produce felicidad, ¿para qué?

Kluge logra lo que propugna: las palabras, las imágenes y la música —los tres campos de su trabajo— son medios de producción de sentimientos. Nada que ver con el sentimentalismo: esa producción de sentimientos es el ala práctica de las ideas sobre el mundo y sobre la historia.

Estupendas razones para deambular por la Virreina, sonriendo y alcanzando cierta alegría del pensamiento. Puede ser en la exposición del dibujante y cabaretero francoargentino Copi (Buenos Aires 1939-París 1987), una presencia y una obra que parecían perdidas en el hueco del ayer. Pensar felizmente también, en un contraste bien logrado, en la muestra sobre el cineasta alemán Alexander Kluge (1932), tipo imaginativo y crítico que desde hace treinta años sólo trabaja para la tele, la privada casi siempre. Un maestro de la televisión.

Jardines de cooperación. Un título aportado por él mismo, que se ha volcado (sin cobrar) en la preparación de esta expo, fiel a su idea de contribuir a sembrar y cuidar “jardines de cooperación en medio de la jungla informativa”. Días propicios para conocerle mejor, para considerar una trayectoria y un criterio audiovisual tan centrados en la historia y el presente, cuando el presidente electo de la primera potencia mundial ha llegado a la cima de su país a partir de un reality show conducido durante dieciséis años por él mismo, con un tono verbal e ideológico que ahora identificamos mejor. Kluge o el antídoto.

Su mundo es un bosque de imágenes y palabras que se trenzan, a partir a menudo de la prensa popular ilustrada. Kluge ha realizado 55 films, entre largometrajes y cortos, y la friolera de 3.000 programas de televisión. Ha desechado ser un autor de culto, esa etiqueta que confina al limbo y le reduce a uno a un nombre en una obra ni vista ni leída. Nada, nada, Kluge no está para eso. Un colega de su misma generación en su país, productor de cine y de televisión de cineastas que empezaban, en su caso en la televisión pública, Eckart Stein, le describe como “uno de nuestros mejores piratas”. Por su formación jurídica Kluge ha logrado forzar los límites de tantas martingalas institucionales que desde hace años enrarecen el aire de la esfera pública, este agobiado mundo nuestro de imágenes. Para demostrar que la tele es servicio público incluso si es privada, y que su potencial expresivo es uno de los tesoros de la cueva.

Bueno, es difícil creerlo vista la tele de por aquí. Kluge presenta en Barcelona formatos televisivos sorprendentes, recién inventados, algunos para la expo. En un minuto ves en imágenes, que incluyen el texto, un poema de Ingeborg Bachmann sobre la Callas, o desfilar un centauro de Leonardo da Vinci transformado en sueño para la pequeña pantalla. Escuchas a una joven que habla con gusto y criterio del deseo que mueve la literatura como mueve la vida. Otro tipo, asimismo ameno y cordial, te acerca los principios del filósofo Spinoza, el gran panteísta, para el cual, nos dice el tipo entusiasta, si el pensamiento no produce felicidad, ¿para qué?
Kluge logra lo que propugna: las palabras, las imágenes y la música —los tres campos de su trabajo— son medios de producción de sentimientos. Nada que ver con el sentimentalismo: esa producción de sentimientos es el ala práctica de las ideas sobre el mundo y sobre la historia.

Un pirata, decía. Vinculado desde joven a la Escuela de Frankfurt, su mentor sería Adorno, que le dirigió hacia la imagen. Fue uno de los impulsores del nuevo cine alemán, a partir del Manifiesto de Oberhausen de 1962. En los sesenta y setenta hizo sobre todo cine: Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos, o uno de los episodios de Alemania en otoño (film que puede verse entero en la expo), dos de sus títulos. Más que devenir autor, organiza entonces a los cineastas y emprende batallas legales para ampliar la producción pública de cine. Así, la presión profesional logra que la ley de 1973 obligue a las cadenas a invertir más en cine. Sus esfuerzos consiguen también que la comisión federal dé dinero no solo para adaptaciones literarias sino para tratar asuntos sociales. En 1984 da un giro drástico y se aleja del cine para hacer únicamente tele.

También entonces logra lo que parecía impracticable: dotar de contenidos culturales a un medio que se privatizaba y convertía en mercancía de consumo rápido. En colaboración con el semanario Der Spiegel y la agencia de publicidad japonesa Dentsu, desarrolla entonces programas culturales para la televisión por satélite y para emisoras privadas como RTLplus y VOX.

Y así sigue Kluge. Sin dejar de escribir ni de tejer imágenes formidables; cooperando; haciendo rumiar, y sonreír.

Mercè Ibarz es escritora y profesora de la UPF.

Artículo de opinión publicado en El País digital a fecha de 16 de noviembre de 2016: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/11/16/catalunya/1479317843_861457.html

https://tictail.com/s/brumaria/4_kluge_logaritmo