317* En defensa del conocimiento



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En defensa del conocimiento – Ray Brassier

¿Están, acaso, sobrevalorados el saber y el conocimiento? O  bien, ¿es vital su búsqueda tanto para la filosofía como para el futuro?

¿Está, acaso, sobrevalorado el conocimiento? Son muchos los filósofos que así lo piensan. Están completamente convencidos de los horrores provocados por los totalitarismos en el transcurso del pasado siglo XX, donde la búsqueda del conocimiento en pro de sí mismo no solamente era peligrosa para quien la llevara a cabo, sino que también fue desastrosa para la humanidad en su conjunto. Este recelo hacia el conocimiento – particularmente hacia el conocimiento científico – supura, a día de hoy, en todas las ciencias humanas.

Si hay algo parecido a una doxa inexpugnable en las humanidades, hoy, es la siguiente: la verdad absoluta es una idea totalitaria y, por añadidura, el deseo de saberlo todo esconde un impulso asesino. Debemos renunciar a nuestra platónica obsesión de conocer la realidad tras las apariencias y empezar a valorar en su justa medida la multifacética ambigüedad de las apariencias mismas, así como la pluralidad de perspectivas que en el mundo hay. Estos postulados se han convertido en los dogmas más familiares del escepticismo posmoderno.

Pero el escepticismo es tan antiguo como la filosofía, por tanto, se hace necesario tratar su resurgir en la segunda mitad del siglo XX desde una perspectiva histórica. La duda sobre el valor fundamental del conocimiento es siempre síntoma de una cultura que experimenta una crisis en términos de confianza, y nuestra época no es diferente de todas las demás a este respecto. La memoria del genocidio tecnológicamente implementado y la inminente catástrofe ecológica alimentan, por si fuera poco, nuestra desilusión posmoderna en punto al conocimiento.

Esta desilusión amenaza con una metástasis que puede llegar a degenerar en la cognofobia. Para saber cuál es el hilo rojo de la filosofía europea del siglo XX, no basta tan sólo con el ideal de conocimiento, sino que asimismo se requiere un deseo de saber que es ya esencialmente culpable: desde Nietzsche, pasando por Heidegger y Adorno, hasta Levinas, el deseo de saber es identificado con el deseo de subyugar. El conocimiento prefigura la violencia. Esta hiperbólica – e implícitamente teológica – equivalencia nos urge a abandonar un ideal de saber que no sería simple y merecidamente inalcanzable, sino, antes bien, peligroso.

A medida que nos adentramos en el siglo XXI, el  angustioso escepticismo de estos pensadores europeos ha dado paso a una totalidad menos trágica, a una depreciación más optimista del conocimiento. Existe una variedad alegremente optimista de escepticismo posmoderno dispuesta a hacer caso omiso de las preocupaciones de Sócrates en punto a la diferencia entre saber y no saber. En este sentido, el escepticismo posmoderno no hace más que reiterar a su antiguo predecesor socrático. El objetivo de este escepticismo previo era la ataraxia, el estado de imperturbabilidad serena concomitante a la suspensión del juicio cognitivo. Cuando la diferencia entre el saber y el no saber se convierte en imposible de adjudicar, solo la liberación del deseo de saber puede sofocar la perenne ansiedad socrática de la filosofía. Renuncia al deseo de saber y te conformarás con no saber. He ahí el perpetuo llamamiento al escepticismo: fomentando la renuncia al deseo de saber, nos promete el alivio en el trabajo y la justificación requerida para satisfacer este deseo filosófico ad hoc. Por tanto, no es ya la certeza de que el escepticismo nos invite al abandono, sino la demanda filosófica de justificar nuestras certezas. Demanda cognitiva que los detractores escépticos de la filosofía siguen denunciando como aquella que nunca podrá ser satisfecha.

Lejos de exigir la renuncia a nuestras certezas, el escepticismo radical nos invita a abandonar la compunción de justificarnos a nosotros mismos, prometiéndonos, de esta guisa, una certeza que ya no es susceptible de justificación racional. Este es, por supuesto, su seductor canto de sirena y esta es, también, la razón y el porqué continúa siendo el sayón escondido de la religión.

Traducción: Miguel Ángel Rego y Alejandro Arozamena

Fuente original. The Institute of Art and Ideas News: http://iainews.iai.tv/articles/in-defence-of-knowledge-auid-557