315* La izquierda debe incluir en su agenda la salida del Reino Unido de la UE



maxresdefault

Al principio eran pocos los que se mojaron; más tarde se sumaron otros, aún inseguros, sin perderse de vista ni un momento para reafirmar mutuamente sus posiciones. A medida que Grecia fue sucumbiendo a los preceptos de austeridad en lo que Yanis Varoufakis denominó “una ocupación posmoderna”; a medida que se ha ido anulando su soberanía; y a medida que se le ha forzado a implementar aún más políticas en línea con las exigencias precedentes, las que llevaron al país a la ruina económica, la izquierda británica ha ido tomando nuevas posiciones en contra de la Unión Europea. Y todo está sucediendo muy rápido.

“Todo lo bueno de la UE está en retroceso —escribe George Monbiot para explicar su cambio de dirección—, todo lo malo está en alza”. “Toda mi vida he sido pro-Europa —dice Caitlin Moran—,  pero, a medida que veo cómo trata Alemania a Grecia, lo encuentro más y más repugnante”. Nick Cohen considera que a la UE se le está retratando “con bastante fidelidad, como una institución cruel, fanática y estúpida”. “¿Cómo puede apoyar la izquierda todo lo que se está haciendo? –se pregunta Suzanne Moore– «Unión» Europea. No en mi nombre”. Hay altos cargos en Westminster y Holyrood que, a título personal, están girando hacia posiciones “de salida”.

La lista no acaba ahí y sigue en aumento. Cuantos más detractores aparecen en las filas de izquierda, mayor será el impulso y mayor masa crítica ganará. Para aquellos de nosotros en la izquierda que siempre hemos sido críticos con la UE, la sensación ha sido la de haber emprendido una cruzada en solitario. Sin embargo, que la izquierda apoye la salida –“Lexit” [Left exit]– no es nada nuevo. En todo caso, la nueva ola de euroescepticismo entre la izquierda representa un nuevo despertar. Otrora, gran parte de la izquierda hizo campaña en contra de la entrada en la CEE cuando Margaret Thatcher y su séquito hicieron maniobras para la adhesión.

Gente como mis padres pensaba que la entrada dificultaría la capacidad de legislar de los gobiernos de izquierdas y, que el activismo industrial, tan necesario para proteger las industrias domésticas, se acabaría por abolir. Entonces llegó el Tatcherismo, y la izquierda, cada vez más maltratada y desmoralizada, pasó a albergar la esperanza de que solo al amparo de Bruselas tendría cabida una agenda legislativa progresista. La debacle de la izquierda, en los años ochenta, coincidió con el triunfo de los defensores del libre mercado, que habían transformado Gran Bretaña más allá de sus más perversas ambiciones, surgiendo dudas al comprender que el proyecto europeo ponía coto a sus aspiraciones.

El pesimismo de la izquierda ante la dificultad de promover reformas sociales en el ámbito doméstico sin un apoyo de la UE coincidió con una visión progresista de internacionalismo y unidad, visión que había surgido de los escombros del fascismo y la guerra genocida. Ese aura de dicha es lo que quizá se haya extinguido al ver cómo la UE ha conducido a un Estado miembro hacia un colapso sin precedentes desde la Gran Depresión americana. Los bancos alemanes y franceses que imprudentemente prestaron dinero a Grecia son los que se han beneficiado de los rescates, no la economía griega. El desmoronamiento de la soberanía nacional de Grecia se logró por medio de la asfixia económica, y de un tratamiento de exclusión hacia Alexis Tsipras en línea con ciertos métodos de tortura psicológica. Peter Kažimír (viceprimer ministro de Eslovaquia) borró aquel tweet en el que se refería a esta versión contemporánea del Tratado de Versalles como “las consecuencias de su ‘Primavera Griega’”, pero estaba en lo cierto en una cosa: se trataba de aplacar una rebelión.

Ciertamente repugnante. Así lo manifestó el ex-asesor de la Comisión Europea, Philippe Legrain, cuando dijo que “Alemania está demostrando ser una potencia hegemónica calamitosa” que llega incluso a ningunear las objeciones francesas.

A Alemania le viene bien el euro, qué duda cabe, puesto que la debilidad de la moneda única favorece sus exportaciones, a la vez que impide que los países más pobres de la UE consigan una ventaja competitiva. Pero observemos cómo ha operado la UE. Ha tomado el timón de gobiernos electos —por muy incordiosos que fueran, como el de Silvio Berlusconi—, provocando su salida. Irlanda y Portugal también sufrieron el chantaje. A todos los efectos, el tratado de 2011 prohibió la economía keynesiana en la eurozona.

Sin embargo, nuestra democracia se encuentra amenazada incluso más allá de la eurozona. El Transatlantic Trade Investment Partnership (TTIP), cuyas negociaciones, como era de esperar, se están llevando en secreto entre la UE y las grandes corporaciones interesadas, amenaza con ocasionar un retroceso en términos de normativa medioambiental, entre otras. Y lo que es peor, a las grandes corporaciones les otorgaría la capacidad de demandar a gobiernos electos para vetar decisiones políticas que afecten a sus márgenes de beneficio. Todo ello despejaría el camino no sólo a la privatización del National Health Service (NHS), sino también la irreversibilidad de la misma. Si bien fueron los Tories los que privatizaron Royal Mail, fue la UE la que encendió la mecha cuando forzó la liberalización del monopolio natural de los servicios postales. ¿Que quieres nacionalizar los ferrocarriles? Bien, tendrás que sortear la Directiva del Ferrocarril de la Comisión Europea 91/440/EEC, y probablemente también el Fourth Railway Package [paquete de medidas sobre la regulación del transporte ferroviario, dentro de la UE, para favorecer la liberalización del sector].

Aún hay más tratados y directrices que refuerzan las políticas de libre mercado basadas en la privatización de nuestros servicios públicos. En estos momentos David Cameron está proponiendo una renegociación que acabaría con muchas de las aún existentes “cosas buenas” de la UE, concretamente la renuncia voluntaria a las normas de protección de empleo. No obstante, depende de la izquierda para impulsar su nuevo paquete de medidas, que consiste en permanecer en una UE pro-corporativa despojada de cualquier ornamento sindical. ¿En serio vamos a apoyar tal cosa?

Seamos honestos acerca de nuestros miedos. Lo que tememos es que, sin quererlo, lleguemos a alinearnos con los xenófobos y los nacionalistas azotainmigrantes, y el triunfo del “no” se consideraría el triunfo de su propia reivindicación, lo cual garantizaría un carnaval a favor de la causa del UKIP. Las posiciones hostiles hacia la UE se consideran como territorio exclusivo de la extrema derecha, nada que ver con el tipo de cuestiones que entretienen a los progresistas. Y esa es la razón por la que – si efectivamente se da el caso de que gran parte de la izquierda apruebe el Lexit – se debe llevar a cabo una campaña paralela para intentar apropiarnos de esa cuestión.

Esa campaña se debería centrar en la construcción de una nueva Gran Bretaña, una que abogue por los derechos de los trabajadores, que defienda el salario verdaderamente digno, la propiedad pública, el activismo industrial y la justicia fiscal. Una campaña así de populista podría ayudar a la izquierda a volver a conectar con las comunidades de clase trabajadora con las que hace mucho perdió el contacto. Mi temor, por otra parte, es que se replique el referendum escocés, con la diferencia de que, en lugar de ser el progresista SNP el beneficiario, sea el UKIP el que aglomere las comunidades de clase trabajadora cuando las grandes corporaciones lancen advertencias sobre los riesgos de votar al partido equivocado. Sin una campaña potente de salida liderada por la izquierda, el UKIP podría desplazar a los Laboralistas a lo largo y ancho del norte de Inglaterra. Ese sería el mayor anhelo de la soldadesca del UKIP.

En la UE, un Lexit se podría interpretar como un ultraje a la solidaridad con la izquierda: después de todo, Syriza y Podemos están tratando de cambiar la institución, no abandonarla. La experiencia de Syriza ilustra precisamente la impotencia que acarrea enarbolar dicha causa. En cualquier caso, la amenaza de un Brexit les ayudaría. Alemania tiene pocos incentivos para cambiar de rumbo: los acuerdos alcanzados le benefician enormemente. Si el motivo de la desintegración de la UE se le atribuyese a su comportamiento, se fortalecería la mano de aquellos opuestos al statu quo. Cada vez toma más fuerza la causa del Lexit, y – cuanto menos – deberíamos ser muchos más los que nos mojásemos en este asunto.

Fuente: Owen Jones, The Left must put Britain´s EU withdrawal on the agenda, The Guardian, 14 de julio de 2015. Traducción de Miguel Ángel Rego Robles. Revisión de Hugo López-Castrillo y Alejandro Arozamena.